La Sainte Chapelle: París bien vale una misa

Paris Tourist Office - Fotógrafo Daniel ThierryCierra los ojos un momento y piensa en París. ¿Qué ves? La Torre Eiffel, Notre Dame, Louvre, el Sena y puede que incluso te lances a ver el Sagrado Corazón.

Sin embargo, hay muchos otros rincones que pueden dejarte con la boca abierta tan sólo con levantar un pelín la mirada si entras hasta ellos. Es el caso de la Sainte Chapelle.

Para ponerla en contexto debes saber que es la primera de las santas capillas, que sus vidrieras son un trabajo de los que te dejan sin respirar por miedo a que sea un espejismo y que es la representación máxima del gótico francés en la capital, algo que te dejará marcado.

Pero vamos poco a poco. Considerada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, esta belleza se encuentra en la que es llamada la Isla de la Cité, es decir, muy cerca de la catedral de Notre Dame, con lo que aprovechando una visita, podrías disfrutar también de la otra. Pese a que, como Notre Dame, no es gratuita, lo cierto es que su precio (aproximadamente 8.5€) no es excesivo si tienes en cuenta que estás frente a la joya del gótico.

Mandada construir por Saint-Louis para que fuera el templo que protegiera la sagrada corona de espinas de Jesús en el siglo XII, su grandeza reside, principalmente, en los 600 metros2 de vidrieras que decoran su perímetro ya que la corona, se dice, hoy en día se encuentra custodiada en la Catedral.

Ahora bien, volvamos un segundo a frenar esta historia para entender por qué se manda construir una iglesia para custiodiar una reliquia que fue comprada a los reyes de Constantinopla. Situémonos en la historia. Siglo XII donde la religión tenía un peso social increíble y donde cruzados seguían imponiéndose en Tierra Santa para defender una fe que unía Europa no sólo por devoción sino también por miedo.

El hecho de que el monarca Luis XII trajera hasta París la reliquia de la Pasión, como se denominó, hizo que la ciudad se situara en los mapas como referente de la Cristiandad y hasta ella acudieran peregrinos venidos de todas partes para rendir pleitesía a cualquier objeto – pensad que muchos eran falsos – que se dijera que había formado parte de la vida de Jesús.

Salvando las distancias, hacerse con una de ellas era como si hoy en día se hace una campaña de publicidad a lo grande para atraer al turismo. Era situar las ciudades en el mapa, era dotarlas de relevancia internacional, era tener el favor de la Santa Sede.

Una de las pocas que se diseñaron a dos alturas en la época para separar el pueblo de los regentes, lo cierto es que pudo sobrevivir a la época de la revolución gracias a la picardía de salvaguardar con archivadores las vidrieras, de forma que han llegado a la actualidad.

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